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Charlottesville y los pueblos del atardecer

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La idea de una América post racial, que se acarició por primera vez cuando un afroamericano llegó a la Casa Blanca, la de una era en la que la cuestión de la raza pasaría a un plano secundario, se antojó fantasiosa rápidamente. Todo el mandato de Obama estuvo salpicado de incidentes racistas, a veces tragedias, que recuerdan lo viva que sigue la fractura social del país, la mala salud de hierro del viejo racismo. Los recientes incidentes protagonizados por los supremacistas de Charlottesville son solamente un síntoma del síndrome racista que subyace en la sociedad estadounidense.

En la bien surtida librería del recién nacido Museo Nacional de Historia y Cultura Afroamericana de Washington DC, me gasto 18,99 dólares en Sundown Towns, un libro en el que el profesor emérito de Sociología de la Universidad de Vermont, James W. Loewen, relata la dimensión oculta del racismo americano.

El libro descansa en un análisis minucioso de los censos municipales que le ha permitido sacar a la luz los patrones residenciales estadounidenses y descubrir los centenares de “sundown towns” o “pueblos del atardecer” que surgieron a lo largo del siglo XX y que están reservados exclusivamente para blancos mediante la aplicación de una regla no escrita: los negros no pueden vivir allí. Para conseguir el propósito de crear comunidades caucásicas homogéneas, los WASP locales usaron de todo, desde formalidades legales hasta la violencia. Por primera vez, Loewen examina con detenimiento la historia, la sociología y la prolongada existencia de esas poblaciones que, para mi sorpresa, están en su mayoría situadas fuera del Sur, feudo tradicional de los racistas norteamericanos.

En octubre de 2001, Loewen se detuvo en Anna, Illinois, para comprar en una de esas tiendas de carretera en la que uno puede encontrar casi de todo. Aunque la página web municipal dice que el nombre de este pueblo de poco más de 7.000 habitantes -buena parte de los cuales están censados en el enorme frenopático estatal- se debe al de la hija de su fundador allá por la segunda mitad del XIX, el dependiente de la tienda le confirmó lo que todos los afroamericanos medianamente informados saben: Anna es el acrónimo de «Ain’t No Niggers Allowed» («No se permiten negros»).

El 8 de noviembre de 1909, casi un siglo antes de que Loewen entrara en la tienda, una multitud de enfurecidos ciudadanos blancos expulsó a las cuarenta familias negras de Anna después de que en una ciudad cercana la multitud hubiera linchado a un hombre negro acusado de violar a una mujer blanca. Anna se convirtió así en un pueblo solo para blancos de la noche a la mañana. Anna no es una excepción, como puede comprobarse abriendo este mapa elaborado por el propio Loewen en el que figuran, estado por estado, centenares de Sundown Towns repartidos por todo Estados Unidos. En la entrada de uno de ellos, en Hawthorne, California, un cartel decía: «Nigger, Don’t Let The Sun Set On YOU In Hawthorne» («Negro, no vea ponerse el Sol en Hawthorne»; de ese cartel amenazador deriva el nombre de “pueblos del atardecer”.

A partir de la década de 1890, cuando se da por finalizada la reconstrucción pos-bélica del país, hasta la legislación sobre viviendas de 1968, los blancos estadounidenses se las apañaron para crear miles de pueblos y comunidades exclusivos para anglosajones. De hecho, Loewen afirma que, si se excluye el profundo Sur, es más que probable que la mayoría de todas las poblaciones fundadas en Estados Unidos durante ese período de 70 años excluyeron a los afroamericanos. Según el censo de Loewen, en ese período existían aproximadamente 1.000 pueblos del atardecer.

Como sucedió en Anna, los blancos de unas cincuenta ciudades utilizaron la violencia multitudinaria para expulsar y evitar a los afroamericanos, y a muchos más les bastó con la amenaza de aplicar violencia como habían hechos esas precursoras. A principios de los años 50, un profesor de la Universidad de Pensilvania que creció en Wyandotte, Michigan, le dijo a Loewen que todos los miembros de una familia negra que se mudó a la ciudad terminaron asesinados mediantes crímenes que nunca se investigaron.

Algunas ciudades aprobaron ordenanzas “legales” que prohibían la contratación de negros o alquilarles o venderles casas; en otros se enviaban matones para que hicieran visitas informales a los afroamericanos para advertirles que no debían afincarse en la localidad. En 1960, la prensa informó que las inmobiliarias de Grosse Pointe, Michigan, habían concebido una manera mucho más sutil de asegurar la exclusividad racial: usaban un sistema de puntuación para evaluar la elegibilidad de un comprador potencial que incluía una calificación de “blancura”.

Si la primera prioridad de Loewen es revelar lo que él llama la “historia oculta” de los pueblos del atardecer, la segunda es debilitar la idea ampliamente extendida de que cuando se trata de racismo, el Sur es siempre «el escenario del crimen», como sentenció el activista y escritor James Baldwin. La incidencia de los pueblos del atardecer en el Sur, según Loewen, era en realidad mucho menor que en un estado del Medio Oeste, como Illinois, en el que alrededor del 70% de las localidades estaban dentro de la categoría en 1970.

Se ha escrito sobre la historia de la segregación dentro de las ciudades americanas, pero Sundown Towns es el primer estudio completo de lugares que trataron de excluir totalmente a los afroamericanos. La meticulosa investigación y la apasionada crónica de la compleja y a menudo impactante historia de las comunidades solo para blancos, hacen merecedor a Sundown Towns de convertirse en un clásico de las relaciones raciales estadounidenses, los estudios urbanos y la geografía cultural.

Charlottesville no es un sundown town, pero tiene a su alrededor todo un cinturón de ellos. Ahora entiendo por qué este verano, cuando viajé por Virginia y Virginia Occidental, me sorprendió no ver prácticamente ningún afroamericano por las calles de pueblos y ciudades que una vez sostuvieron su economía gracias a la esclavitud. Por cierto, en todos esos pueblos Donald Trump arrasó.

Después de leerlo, los viajes por Estados Unidos merecerán, con toda razón, una nueva y sospechosa atención. © Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.

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