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El escritorio de Donald Trump y el hombre que se comió las botas

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A la izquierda foto original de J.F. Kennedy con su hijo John John en el Despacho Oval (Foto: White House Museum). Derecha folleto de la tienda White House Gifts.

Veinticinco de junio. Vacaciones escolares en Estados Unidos. Familias enteras hacen cola en el número 701 de la calle 15 Oeste de Washington DC. Una conocida tienda vende todo tipo de recuerdos, artefactos, material de oficina, quincalla y utilería relacionada con la Casa Blanca. Uno puede entrar de paisano y salir vestido como Donald Trump en el Air Force One. La estrella de la tienda, el objeto que atrae como un imán al turismo doméstico (al blanco, porque los afroamericanos parecen pasar del tema) y a no pocos orientales, es un trampantojo del Despacho Oval en cuyo centro luce una réplica del escritorio presidencial. Por lo que veo, padres e hijos quieren hacerse una foto como la que hizo famosa John F. Kennedy con su hijo John John saliendo por debajo de la mesa. La glamurosa informalidad de Camelot, ya saben.

Brujuleo un poco por la tienda, manoseo una estilográfica, me pruebo una gorra, curioseo unos gemelos y finalmente me armo de valor y voy al grano. Le pregunto al que parece ser el encargado, un tipo que luce unos tirantes de barras y estrellas y parece haberse tintado las greñas con laca de ataúd, qué sabe de la mesa. Dos cosas, me dice: que aquel fotomatón deja miles de dólares todas las semanas y que la mesa, según le consta, está hecha con madera de un barco pirata. Asumo la trola. De barco, sí, pero de pirata nada. Esta es la historia del escritorio presidencial, alias Resolute Desk.

En el Relato de una expedición repleta de acontecimientos del buque explorador HMS “Resolute” a las regiones del Ártico en busca de Sir John Franklin y las tripulaciones de los buques exploradores desaparecidos HM “Erebus” y “Terror“, 1852, 1853, 1854, publicado en 1857, el capitán del buque George Frederick M’Dougall describió con precisión todos los sucesos que acontecieron a la nave que comandaba en la que resultaría la última singladura del Resolute en la azarosa búsqueda del capitán Sir John Franklin y de la desdichada tripulación que sucumbió víctima de los hielos del Ártico.

El capitán Franklin fue uno más de los muchos marinos cautivados por el mito del Paso del Noroeste, una de las leyendas que, como el canto de las sirenas, Mobby Dick o la isla del fin del mundo, atrapaban las mentes de los navegantes o de los gobiernos que los enviaban a la búsqueda del mítico estrecho de Anián, el nombre que en los siglos XVI y XVII fue utilizado para designar una parte del mítico Paso que debía comunicar Atlántico con el Pacífico. Holandeses, portugueses y españoles, Colón incluido, intentaron encontrarlo en vano. Esa ruta próxima al Polo Norte debía existir y para Inglaterra resultaba tan vital que en 1745 el Gobierno de Graciosa Su Majestad ofreció una enorme recompensa de 20.000 libras esterlinas a quien encontrara el paso. Ni que decir tiene que tanto la gloria como la cuantiosa suma dieron lugar a numerosas expediciones por el Ártico, incluido el desafortunado intento de Sir John Franklin en 1845.

Capitán Sir John Franklin. Retrato.

En lo que a la búsqueda del paso se refiere, Franklin era un poco gafe. Fue segundo de a bordo de una expedición hacia el Polo Norte en los buques Dorothea y Trent en 1818, y líder de otras dos por el interior y a lo largo de la costa ártica canadiense en 1819-1822 y 1825-1827. La primera, una expedición a pie por los territorios del noroeste de Canadá a lo largo del río Coppermine, fue un desastre: Franklin perdió a once de los veinte miembros de la partida. La mayoría murió de hambre, pero hubo al menos un asesinato y se sospechó de algún caso de canibalismo. Los supervivientes tuvieron que comer trozos de grasa quemada con líquenes e incluso llegaron a comerse sus propias botas de cuero. Esto hizo que Franklin se ganara el apodo de «el hombre que se zampó sus botas». La de 1825 resultó más venturosa; nadie tuvo que comer bazofia y Franklin y sus hombres recorrieron aguas abajo el río Mackenzie antes de regresar con dos palmos de narices.

Como resultado de todas las expediciones británicas y estadounidenses, en 1845 se había reducido el área inexplorada del Ártico canadiense a un cuadrilátero de unos 181.300 km². Ese mismo año, Franklin, que seguía obsesionado por encontrar el Paso del Noroeste, consiguió del almirantazgo británico la financiación necesaria para una expedición destinada a navegar por esa área inexplorada. Zarpó en mayo de 1845 con 128 hombres y dos barcos, el Erebus y el Terror. Nunca regresarían: todos murieron al quedar sus barcos atrapados en el hielo en el estrecho Victoria, cerca de la Isla del Rey Guillermo, en el ártico canadiense.

Presionado por la opinión pública, el Almirantazgo inició en 1848 la búsqueda de la expedición perdida. Animados por la recompensa, once buques británicos y dos norteamericanos se pusieron velas a la obra. Varios de estos navíos atracaron en la costa oriental de la isla Beechey, donde se encontraron los primeros vestigios de la expedición, incluyendo las tumbas de tres tripulantes y notas dejadas por otros expedicionarios que, tras pasar dos años atrapados en los hielos, vagaron sin rumbo por la banquisa.

Reliquias de la expedición de Franklin de 1845, del Illustrated London News, 1854.

En 1850, la Royal Navy británica compró el mercante Ptarmigan, lo alistó como buque de guerra y lo rebautizó con el nombre de Resolute. Ese mismo año zarpó de Londres, con otros cinco buques en una flotilla mandada por el almirante Edward Belcher, en busca de lo que quedara de Franklin. Debido a los hielos, la flotilla no pudo pasar de la entrada del estrecho de Lancaster y regresó a Inglaterra. Cinco años después, el Resolute, con otros tres barcos y con Belcher de nuevo al mando, partió de nuevo a la búsqueda de Franklin y compañeros mártires. La flota se dividió y el Resolute, junto con el Intrepid, se adentró en el canal de Lancaster hasta las costas de la isla Melville, en donde los dos barcos hubieron de detenerse y guarecerse para invernar.

El rastreo siguió el verano siguiente sin ningún resultado. La flotilla Belcher hubo de invernar de nuevo después de intentar atravesar los hielos árticos. Al llegar el verano de 1854, Belcher, al que para entonces ya no le cabía la camisa en el cuerpo, decidió abandonar a cuatro de los buques y con las tripulaciones a bordo de un solo velero, el North Star, emprendió rabo entre las piernas el regreso a Inglaterra. Los 263 hombres de la expedición llegaron a puerto inglés a principios de septiembre. Sin novedad, pero con deshonra. Belcher fue condenado por cobardía y apartado del servicio.

Un año después, en 1855, el ballenero americano George Henry encontró al Resolute, convertido en buque fantasma, navegando a la deriva a casi dos mil kilómetros al este del lugar en donde había sido abandonado. Remolcado a New London, Connecticut, el Gobierno estadounidense lo compró, lo reparó y lo devolvió a Inglaterra. Y allí, en los muelles ingleses de Chatham, quedó atracado hasta su desguace en el año 1879.

Al finalizar el desguace, la reina Victoria ordenó que con la teca de parte del maderámen se construyera una mesa que regaló en 1880 al presidente Rutherford B. Hayes. Quince presidentes no le hicieron ningún caso y el escritorio permaneció en el desván de la Casa Blanca durante ochenta años. En 1961, la avispada Jacqueline Kennedy decidió que el elegante mueble se trasladase al Despacho Oval. Y allí sigue, con once presidentes a sus espaldas, aguantando a Donald Trump como si tal cosa. © Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.

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Catedrático de Biología Vegetal e Investigador del Instituto Franklin de Estudios Norteamericanos de la Universidad de Alcalá. Licenciado en Ciencias Biológicas por la Universidad de Granada. Doctor en Ciencias Biológicas por la Universidad Complutense de Madrid. En la Universidad de Alcalá ha sido secretario general, secretario del Consejo Social, vicerrector de Investigación y director del Departamento de Biología Vegetal. Es también director de la Cátedra de Medio Ambiente de la Fundación General de la Universidad de Alcalá. Es especialista en el estudio de la vegetación del oeste de Norteamérica, donde ha llevado a cabo su investigación desde 1989, cuyos resultados han sido publicados en un centenar de artículos científicos. Entre sus libros se cuentan Vegetation of Southeastern Spain, El paisaje vegetal de Castilla-La Mancha, La vegetación de España, Life Lines, Perfora, chico, perfora, y El fracking ¡vaya timo!
Fue alcalde de Alcalá de Henares (1999-2003).

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