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Los árboles no son ents

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Han pasado casi treinta años desde que leí un artículo que me fascinó. Era 1988 y por entonces preparaba oposiciones, así que disponía de poco tiempo para ocuparme en profundidad de novedades científicas. Guardé una fotocopia y me olvidé. En el artículo, el fisiólogo vegetal E. I. Newman se ocupaba de los enlaces entre plantas utilizando las asociaciones simbióticas (micorrizas) que sus raíces forman con los hongos. Las micorrizas, tan ancestrales como las primeras plantas terrestres, eran todo un clásico desde que el botánico alemán Albert Bernhard Frank las descubrió en 1885. Pero en unos momentos el que se vislumbraba la importancia de Internet, lo que llamó mi atención era que Newman abogaba audazmente por la existencia de una “red micelial” que vincula a las plantas entre sí. «Si este fenómeno está generalizado -escribió Newman- podría tener profundas implicaciones para el funcionamiento de los ecosistemas».

Diez años después desempolvé el artículo cuando leí otro en Nature en el que la ecóloga forestal canadiense Suzanne Simard exponía un extraordinario descubrimiento basado en un experimento relativamente sencillo pero muy original. Marcó las hojas de abedules (Betula papyrifera) con isótopos de carbono (C13 y C14) y comprobó que este carbono era transferido a plántulas vecinas de abeto douglas (Pseudotsuga menziesii var. glauca), que crecían en la sombra. En el sentido inverso, durante el invierno el carbono marcado en las hojas del abeto aparecía en los jóvenes abedules desprovistos de hojas.

Su conclusión fue que los árboles del bosque están conectados por una red de raíces y micorrizas mediante las cuales transfieren nutrientes desde las “fuentes” o emisores a los “sumideros” o receptores. La publicación de esos resultados sorprendentes en la prestigiosa Nature impulsó la investigación sobre las redes de micorrizas que serían bautizadas como Wood Wide Web o Internet del bosque (en un juego de palabras de las siglas en inglés WWW, cambiando World, mundo, por Wood, bosque).

Casi diez años después, Simard volvió a formar parte de mis lecturas cuando apareció como coautora de un artículo en New Phytologist y de otro en Journal of Ecology. Simard y sus compañeros habían cartografiado con detalle la red de micorrizas en una parcela de bosque de abetos douglas en Columbia Británica, identificando los genotipos de árboles y hongos mediante análisis de ADN. Un abeto casi centenario estaba conectado con otros 47 árboles mediante once genotipos diferentes del hongo Rhizopogon sp. La longitud media de un micelio de hongo era de veinte metros. La red de conexiones debía ser aún más compleja porque solo se identificaron las micorrizas formadas por dos especies de hongos, cuando en ese bosque existen más de cincuenta especies diferentes de hongos micorrícicos. Funcionalmente, se trataría de un superorganismo clonal, una red simbiótica árbol-hongo que comparte los recursos del bosque.

A través de las redes no solo circulan nutrientes, también van señales bioquímicas y eléctricas de un árbol a otro, prueba, para algunos, de la existencia de una «conversación arbórea» (tree talk), término acuñado en un artículo de 2015, también cofirmado por Simard, en el que describían que los abetos que habían sufrido un ataque severo de insectos transmitían, por medio de la red de micorrizas, señales de estrés a los árboles vecinos, quienes a su vez respondían activando los genes que sintetizan metabolitos defensivos. La señal de alerta no solo se comunicaba a los árboles de la misma especie, sino también a los de otras especies. ¿Qué sentido evolutivo tiene ayudar a un árbol vecino que compite contigo por los recursos y el espacio? Una posible explicación alternativa –sugerían- era que la red es favorecida por el hongo, que conecta a diferentes árboles para asegurarse una fuente de carbono desde múltiples hospedadores.

En definitiva, entre comunicaciones y “charlas” poco a poco se fue introduciendo el concepto de la “inteligencia” de las plantas, del que me he ocupado en alguna ocasión. El profesor de la Universidad de Florencia Stefano Mancuso, experto en lo que ha venido en llamarse Neurobiología Vegetal, ha escrito un libro, Sensibilidad e inteligencia en el mundo vegetal, el que habla precisamente de eso, de la capacidad de interrelacionar a través de raíces y micorrizas de las plantas. Que las plantas interrelacionan entre sí y con los animales es un fenómeno que, con micorrizas o sin ellas, pone de manifiesto los sorprendentes procesos de coevolución que nos intrigan a todos desde tiempos de Darwin y Wallace, de las que me ocupado en varias ocasiones (1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, 10).

Hoy mismo, un tanto escamado, un amigo me pregunta sobre la reseña de un libro que apareció ayer en La Vanguardia y que lleva un llamativo titular: «Los árboles adultos alimentan y cuidan de los pequeños». Es libro de marras es La vida oculta de los árboles. Qué sienten y cómo se comunican, que tuvo un gran éxito en Alemania (publicado en 2015, vendió más de 300.000 ejemplares) y que en España ha publicado Obelisco en la colección “Espiritualidad y vida interior”, en el que el guardabosques y (sobre todo) amante de la naturaleza Peter Wohlleben narra apasionadamente historias sobre las insospechadas y extraordinarias habilidades de los árboles.

Claramente influenciado por la pasión humanizadora de los árboles de Simard, Wohlleben reúne por una parte los últimos descubrimientos científicos sobre el tema, y por otra sus propias experiencias en los bosques; con todo ello ofrece un emocionante punto de encuentro, una manera de conocer mejor a unos seres vivos con los que creemos estar familiarizados, pero de los que –según Wohlleben- desconocemos su capacidad de comunicación, su espiritualidad. Aconsejo vivamente la lectura del libro (los 10 euros que cuesta la edición digital estarán muy bien empleados), por más que me parezca que a Wohlleben el asunto “humanizador” se le ha ido un poco de las manos.

En El Señor de los Anillos, los ents son una raza de seres inteligentes parecidos a árboles que tenían valores morales y eran capaces de ejercer su voluntad, forjar alianzas y mostrar afecto. Su principal función era la de pastores que cuidaban de otros árboles. Habitaban en todos los bosques del mundo, pero al final de la Tercera Edad solo quedaban unos pocos en el bosque de Fangorn. Después de leer La vida oculta de los árboles, sospecho que el guardabosques alemán considera que las hayas, sus árboles preferidos, son muy similares a los ents.

La creativa visión de Wohlleben con respecto a los árboles se ha desarrollado durante décadas de cuidados de un pedazo de hayedo en Eifel, una cadena montañosa que se extiende entre Alemania y Bélgica. Wohlleben desea que los bosques retornen a un estado en el que los lentos ciclos de vida de los árboles puedan funcionar sin interferencias antrópicas: un regreso hacia los grandes bosques salvajes europeos que prosperaron cuando el clima se recuperó después de la Edad de Hielo. Para él, esa fue la “Edad de Oro” de la vida forestal. Los árboles envejecían a ritmo lento y morían para ser reemplazados por una “familia” que había estado refugiada a su sombra durante muchos años y que, falta de la luz suficiente para una fotosíntesis adecuada, se nutría a través de un cordón umbilical: el micelio de los hongos.

La descripción de Wohlleben del pausado devenir del bosque a través de generaciones de árboles idealiza una progresión ecológica que con demasiada frecuencia se ve interrumpida por el manejo del bosque. Es una especie de utopía para ents. Ninguno de esos bosques inalterados primigenios sobrevive en Europa, excepto posiblemente en el bosque Białowieża, en Polonia. En Europa, los bosques han sido manejados al menos desde la Edad de Hierro.

Aunque he disfrutado del libro, cualesquiera que sean las virtudes del idílico escenario imaginado por Wohlleben tengo problemas con su enfoque narrativo. Describe los árboles como si tuvieran conciencia. En tiempos de sequía, profieren “gritos de sed” o pueden gritar desgarradoramente a sus compañeros cuando se cierne un peligro sobre el bosque, porque son capaces de experimentar un “pánico creciente”. El crecimiento de una plántula se describe como fratricidio porque lo hace a expensas de la muerte de sus hermanos. Para un biólogo, es muy raro leer un libro centrado en la coevolución sin mencionar la selección natural. Avanzada la lectura, la necesidad de atribuir motivos “humanizados” al comportamiento de los árboles resulta cansina.

El enfoque central de Wohlleben, y en eso se ajusta al pensamiento de Mancuso, es que «La distinción entre plantas y animales es, en el fondo, arbitraria». No es así. Es la consecuencia de una separación filogenética que ha recorrido casi dos mil millones de años, durante los cuales animales y plantas han seguido su propia ruta. Sí, los problemas comunes requieren soluciones comparables y la comunicación y la nutrición son universales, como ha demostrado el bioquímico Anthony Trewavas en Plant Behaviour and Intelligence (Oxford University Press, 2014).

Es una ventaja selectiva para los plantas compartir las alarmas sobre las amenazas de los herbívoros, al igual que los antílopes responden al unísono ante al avistamiento de un león. Pero los árboles son criaturas espléndidas e interesantes por sí mismas sin necesidad de ser cargados con una panoplia de emociones humanoides.

No, aunque tengan anillos, los árboles no son ents. ©Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.

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Catedrático de Biología Vegetal e Investigador del Instituto Franklin de Estudios Norteamericanos de la Universidad de Alcalá. Licenciado en Ciencias Biológicas por la Universidad de Granada. Doctor en Ciencias Biológicas por la Universidad Complutense de Madrid. En la Universidad de Alcalá ha sido secretario general, secretario del Consejo Social, vicerrector de Investigación y director del Departamento de Biología Vegetal. Es también director de la Cátedra de Medio Ambiente de la Fundación General de la Universidad de Alcalá. Es especialista en el estudio de la vegetación del oeste de Norteamérica, donde ha llevado a cabo su investigación desde 1989, cuyos resultados han sido publicados en un centenar de artículos científicos. Entre sus libros se cuentan Vegetation of Southeastern Spain, El paisaje vegetal de Castilla-La Mancha, La vegetación de España, Life Lines, Perfora, chico, perfora, y El fracking ¡vaya timo!
Fue alcalde de Alcalá de Henares (1999-2003).

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