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Buenos días Florence

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El meteorito Hoba West en su emplazamiento en Namibia. Foto.
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Este verano los aficionados a escudriñar el cielo están haciendo su particular agosto. A la tradicional lluvia de Perseidas, han podido gozar de un impresionante eclipse solar (The great American Eclipse) y de un eclipse de Luna. Para bajar el telón, el colosal asteroide Florence hará su aparición estelar este viernes 1 de septiembre. Que no cunda el pánico, no hay riesgo de colisión con la Tierra.

En el avance de toda ciencia ha existido siempre una etapa de ábaco, una fase de pura y simple contabilidad. La Astronomía no es una excepción. Tras el descubrimiento del primer asteroide en la madrugada que alumbró al siglo XIX, comenzó una eterna, inacabada e imposible cuenta: mientras que a finales del siglo XX se habían catalogado algo más de veinticinco mil asteroides, se estima que todavía quedan más de mil millones por identificar, así que esa eterna contabilidad no ha hecho más que empezar.

De acuerdo con la NASA, una gigantesca roca espacial de 4,4 kilómetros de diámetro pasará hoy relativamente cerca de la Tierra. Pero claro, refiriéndonos al espacio, el término relativo adquiere otras dimensiones: la distancia estimada de paso respecto a la Tierra de Florence es de 7 millones de kilómetros de distancia, algo menos de 18 distancias lunares (una distancia lunar son 340.400 kilómetros, que es el trecho que nos separa de nuestro satélite). Una distancia más que suficiente como para ser considerada segura. Y menos mal, porque el asteroide Florence tiene el tamaño suficiente como para terminar con la vida en el planeta Tierra como otrora sucediera con los dinosaurios hace 65 millones de años. Así que tranquilidad, porque el fin del mundo no se producirá este viernes.

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Cada año la Tierra recorre a la escalofriante velocidad de 107.000 kilómetros por hora la órbita terrestre, el circuito celestial por el que transita en su movimiento de traslación alrededor del Sol. Mientras lo hace, decenas de miles de asteroides y millones de meteoritos se cruzan en nuestro camino de forma errática y totalmente impredecible. Parece un viaje a ninguna parte, un trayecto abocado a la destrucción por un impacto fatal e inevitable. Sabiendo eso, no sorprende que la superficie de la Tierra sea como un queso de gruyere en el que cada vez se descubren más y más impactos de asteroides en forma de cráteres colosales que van siendo detectados a medida que se perfeccionan los métodos de interpretación de imágenes de satélite, curiosos impertinentes que vienen a destapar lo que hasta ahora había pasado desapercibido.

El asteroide que más próximo ha transitado de la Tierra fue detectado a finales de 2012 por un equipo de astrofísicos españoles. Bautizado como 2012 DA14, tenía unos 20 kilómetros de diámetro y pasó a unos 27.700 kilómetros de la Tierra, una distancia incluso menor que la de los satélites geoestacionarios, que orbitan a unos 35.800 kilómetros de la superficie terrestre. Para hacerse una idea, si la Tierra fuera una pelota de tenis y la Luna una canica situada a dos metros de distancia, el asteroide habría pasado a tan solo 14 centímetros de nuestras cabezas.

Aunque los asteroides, popularmente conocidos como meteoritos o estrellas fugaces, han sido una amenaza que ha estado siempre ahí, sobre nuestras cabezas, no hemos sido conscientes de su peligrosidad hasta que Hollywood se encargó de recordarlo con películas como Meteoro, Armageddon e Impacto profundo, híbridos un tanto fallidos entre el “cine-catástrofe” y el de ciencia ficción. En ellas, los respectivos cabezas de cartel –Sean Connery, Bruce Willis y Robert Duvall- combaten con otras testas, esta vez nucleares, a una roca gigantesca que avanza a toda velocidad amenazando con la destrucción total de la inocente humanidad.

Catástrofes apocalípticas al margen, la realidad es felizmente más prosaica. Cada día entran en la atmósfera terrestre varios cientos de toneladas de materia, la mayoría de ellas en forma de meteoroides muy pequeños que avanzan a velocidad supersónica, pero que, debido a la fricción, alcanzan temperaturas de ebullición y se vaporizan antes de alcanzar el suelo como un polvo imperceptible. Sólo los más grandes conservan la velocidad suficiente para alcanzar la superficie y para dejar educadamente un cráter como tarjeta de visita.

El meteorito Hoba West en su emplazamiento en Namibia. Foto.

El meteorito más grande conservado es el Hoba West, una roca de casi 60 toneladas que cayó cerca de Grootfontein, en Namibia y allí sigue. Los que le siguen en dimensiones han sido llevados a museos, como los meteoritos Chupaderos y Bacubirito, de unas 20 toneladas de peso, que pueden verse en la Escuela de Minas de la Ciudad de México. En todo caso, estamos hablando de rocas del tamaño de un automóvil mediano que no son nada comparable con el colosal regalo del cielo que aniquiló a los dinosaurios, un asteroide de 10 km de anchura que impactó en Chicxulub, México, dejó un cráter anular de 193 km de anchura y 48 de profundidad en la península de Yucatán, provocó una apocalíptica ola de destrucción y oscuridad que duró 10.000 años y diezmó a la mayor parte de la flora y la fauna terrestres. Pero de esto me ocuparé otro día.

Para contarles algo sobre la amenaza de los asteroides he buscado un símil lúdico que nos permite recuperar algo de la infancia. Los primeros Scalextrics, que aparecieron en el mercado allá por los años 60, eran muy simples: dos cochecillos recorrían aburridamente una pista muy elemental: un par de rectas cerradas por sendas curvas en las que la fuerza centrífuga actuaba inevitablemente si se apretaba demasiado el gatillo.

Supongamos que esa pista es la órbita terrestre, el circuito celestial que en su movimiento de traslación alrededor del Sol recorre la Tierra cada año a una velocidad escalofriante de la que felizmente no somos conscientes: 107.000 km/h. Por si eso fuera poco, el coche-Tierra se comporta como una peonza que rota sobre sí misma a 1.600 km/h. De manera que imagínese que es usted un piloto dentro de ese coche: circula por un circuito a casi treinta mil metros por segundo y, por si no tuviera bastante, el vehículo no le deja ver a través parabrisas porque el paisaje gira a su alrededor como una turbina de reactor.

Peligroso, ¿no? Pues no acaba ahí la cosa. Mientras usted intenta controlar ese auto ingobernable, miles de objetos se cruzan en su camino y lo hacen de forma errática y totalmente impredecible. Son los asteroides, una verdadera manifestación de peatones suicidas que insensatamente atraviesan aquí y allá la autopista por la que usted circula me atrevo a decir que alucinado. Parece un viaje a ninguna parte, un trayecto abocado a la destrucción por un impacto fatal e inevitable.

Eppur si muove. Y sin embargo, así funciona la cosa. ©Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.

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Catedrático de Biología Vegetal e Investigador del Instituto Franklin de Estudios Norteamericanos de la Universidad de Alcalá. Licenciado en Ciencias Biológicas por la Universidad de Granada. Doctor en Ciencias Biológicas por la Universidad Complutense de Madrid. En la Universidad de Alcalá ha sido secretario general, secretario del Consejo Social, vicerrector de Investigación y director del Departamento de Biología Vegetal. Es también director de la Cátedra de Medio Ambiente de la Fundación General de la Universidad de Alcalá. Es especialista en el estudio de la vegetación del oeste de Norteamérica, donde ha llevado a cabo su investigación desde 1989, cuyos resultados han sido publicados en un centenar de artículos científicos. Entre sus libros se cuentan Vegetation of Southeastern Spain, El paisaje vegetal de Castilla-La Mancha, La vegetación de España, Life Lines, Perfora, chico, perfora, y El fracking ¡vaya timo! Fue alcalde de Alcalá de Henares (1999-2003).

1 Comentario

  1. Pregunta? si un helicóptero se suspende en el aire a una distancia segura de la Tierra durante una hora, cuándo descienda lo haría 1600 km del punto anterior

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