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Si Isaac Newton, el que dicen ha sido el científico con el cerebro mejor amueblado de la historia, en lugar de tener un jardín arbolado hubiera tenido un melonar, las cosas habrían sido de otra manera. ¿Descubrimos complejas teorías gravitatorias cuando nos caen manzanas en la coronilla? ¿Existe algo de verdad en la legendaria historia del frutal impacto sobre Newton?

Trozo del manzano de Newton custodiado en la Royal Astronomical Society. Foto Luis Monje.

Todas estas preguntas me revolvieron el magín hace unos días, cuando visitando la magnífica biblioteca de la Royal Astronomical Society de Londres, el amable curator, con no poca ceremonia, abundante prosopopeya y singular facundia, abrió la vitrina de honor y puso ante mis narices sendos tesoros que permanecen por lo general ocultos a la mayoría de los mortales: el “Philosophiæ naturalis. Principia Mathematica”, el libro con el que don Isaac dio a conocer la teoría de la gravitación universal; el volumen venía acompañado, a modo de pagano lignum crucis, de un trozo del famoso manzano de Newton, el involuntario culpable de despertar la privilegiada mente de su meditabundo dueño, con el inesperado resultado de que, más de trescientos años después, Neil Armstrong pusiera su pie en la Luna, entre otras maravillas.

Del libro se ha dicho casi todo, así que me ocupo del manzano. El leño que custodia la Royal Society lleva unida una centenaria etiqueta manuscrita en la que se puede leer a duras penas: «Pedazo del árbol en Woolsthorpe, en el jardín en el cual estaba Sir Isaac Newton cuando cayó la manzana que le sugirió la teoría gravitacional. Donado por el caballero Charles William Walker». La seriedad de la venerable institución británica es garantía irrefutable de la originalidad de la reliquia. Otros vástagos del mismo árbol se encuentran en la Universidad de Oxford y en el Jardín Botánico de Kew. Un trozó voló al espacio exterior en 2010, como homenaje a Newton llevado por el astronauta inglés Pier Sellers, quien émulo de otro Sellers, Peter, bromeó diciendo que, si allí arriba se repitiera la anécdota, la manzana no caería.

Según testimonian con irreprochable credibilidad sus dos primeros biógrafos e íntimos amigos, William Stukeley y John Conduitt, érase una vez un día de la primavera de 1665 en el jardín de la residencia familiar de los Newton en Woolsthorpe Manor, condado de Lincolnshire, en la pérfida Albión del inesperado Brexit, cuando el señor Newton y sus dos amigos salieron al jardín a tomar el té a la sombra de unos manzanos. Durante la conversación, Newton les dijo que se hallaban en el mismo lugar en el que estaba cuando le vino a la mente la noción de la gravedad. La provocó la caída de una manzana que pudo ver mientras estaba sentado a lo suyo, es decir, reflexionando. Como Newton no daba puntada sin hilo, pensó para sí: ¿Por qué siempre tiene que caer la manzana perpendicularmente al suelo? ¿Por qué no cae hacia arriba o hacia un lado, y lo hace siempre hacia el centro de la Tierra? La razón tiene que ser que la Tierra la atrae. Debe haber una fuerza de atracción en la materia, concluyó.

Según la sobrina de Newton, esposa de su ayudante y biógrafo John Conduitt, el científico inglés le contó una historia parecida a su colega, el filósofo Voltaire, y este, en el prólogo de la segunda edición de los Principia Mathematica que escribió de su puño y letra (entonces no había ordenadores ni tabletas, aunque algunos millennials no lo crean), añadió de su cosecha el impacto de la manzana sobre la insigne mollera, es de suponer que con el loable propósito de otorgarle un sentido similar al famoso ¡Eureka! de Arquímedes.

El famoso (y putativo) manzano de Newton que se muestra en Woolsthorpe Manor. Cliquee para verlo a mayor tamaño. Foto cortesía de Weekend Notes.

El manzano de Newton, o al menos su descendiente genético, recibe anualmente unos 30.000 visitantes en la aldea inglesa de Woolsthorpe Manor. Si en la Royal Astronomical Society están los restos del manzano original, es obvio que a los turistas que se fotografían junto al putativo manzano de Newton en Woolsthorpe les dan gato por liebre. Y es que la historia documenta, sin lugar a dudas, que el manzano que cobijó al sabio inglés pasó a mejor vida una noche de tormenta. Esta es la historia.

Frank Watson Dyson (1868–1939) fue un eminente astrónomo británico. Desde su prestigioso cargo como Astrónomo Real, es recordado por introducir la difusión de las señales horarias desde el observatorio de Greenwich y por su papel durante la observación del eclipse de 1919, que sirvió para la comprobación de la teoría de la relatividad general de Einstein acerca del efecto de la gravedad sobre la luz. Entre 1911 y 1913, Dyson era el director de la Royal Astronomical Society. En un indeterminado día de enero de 1912, el secretario de la institución acudió a su despacho para mostrarle un trozo de madera que acababa de recibir acompañado de una carta manuscrita. En la misiva, firmada por el señor Charles William Walker, el 19 de enero de ese año, que permanece custodiada en los archivos de la Royal Society, y reproduce la etiqueta adjunta, decía (traduzco un extracto):

Etiqueta que reproduce la carta de Charles W. Walker. Foto Luis Monje.

Este pequeño tronco que le envío hoy al Secretario de la Real Sociedad de Astronomía es un trozo de un manzano en Woolsthorpe, la casa de Sir Isaac Newton […] La historia de este fragmento de madera y el modo en que acabó en mis manos es la siguiente: Mi padre, Richard Walker, nació en 1807 en la granja Manor, Bradmore. Nottinghamshire. Cuando tenía 10 o 12 años acudía a la escuela de un clérigo de Stoke, Lincolnshire, llamado Pearson.

Mi padre me contó que cuando era colegial, una noche hubo una fuerte tormenta de viento y que al día siguiente llegaron noticias de que el manzano de Sir Isaac Newton en Woolsthorpe se había desplomado. El maestro, el señor Pearson, y varios muchachos fueron hasta la casa de Sir Isaac, en Woolsthorpe, no muy lejos de Stoke y justo en la parte de Lincolnshire de Belvoir Castle. Cuando llegaron allí vieron al viejo manzano tirado por los suelos. Durante años había sido apuntalado y no se habían escatimado esfuerzos para protegerlo. Mi padre contaba que el árbol yacía allí porque el viento había vencido todos los tutores que lo apuntalaban. Aunque ignoraba quién le había dado permiso al señor Pearson, este sacó una sierra de algún sitio y cortó varios trozos de las ramas. Mi padre cogió uno de esos trozos y lo guardó como una reliquia de lo más interesante. Algunos amigos y otras personas intentaron varias veces que les diera un trozo, pero siempre se negó porque pienso que lo apreciaba sobre todas las cosas.

Mi padre me mostró muchas veces ese trozo de madera y siempre me contaba su origen. Que no quepa la menor duda de que ha llegado hasta mí tal y como he narrado.

Me acuerdo de esta historia cuando paseo por delante de un grupo de turistas que han convertido en fotomatón la puerta de la casa natal de Cervantes en la calle Mayor de un lugar madrileño de cuyo nombre no quiero acordarme. ¿Por qué será? ©Manuel Peinado Lorca. 

El Manzano de Newton y la casa de Cervantes
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Catedrático de Biología Vegetal e Investigador del Instituto Franklin de Estudios Norteamericanos de la Universidad de Alcalá. Licenciado en Ciencias Biológicas por la Universidad de Granada. Doctor en Ciencias Biológicas por la Universidad Complutense de Madrid. En la Universidad de Alcalá ha sido secretario general, secretario del Consejo Social, vicerrector de Investigación y director del Departamento de Biología Vegetal. Es también director de la Cátedra de Medio Ambiente de la Fundación General de la Universidad de Alcalá. Es especialista en el estudio de la vegetación del oeste de Norteamérica, donde ha llevado a cabo su investigación desde 1989, cuyos resultados han sido publicados en un centenar de artículos científicos. Entre sus libros se cuentan Vegetation of Southeastern Spain, El paisaje vegetal de Castilla-La Mancha, La vegetación de España, Life Lines, Perfora, chico, perfora, y El fracking ¡vaya timo!
Fue alcalde de Alcalá de Henares (1999-2003).

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