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Malas noticias sobre el cambio climático

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Caparazones de foraminíferos actuales recogidos en una playa de Myanmar. Fuente.

Malas noticias sobre el cambio climático: estábamos completamente equivocados sobre las temperaturas históricas del océano.

El conocimiento preciso de la temperatura oceánica pasada es esencial para entender la evolución de la hidrosfera y para ubicar el cambio climático global antropogénico desde una perspectiva geológica. Si teníamos una pizca de consuelo acerca del catastrófico cambio climático en el que estamos inmersos, se basaba en que, según decían los paleoclimatólogos, hace 100 millones de años la temperatura media de los mares era unos 15º C más alta que la actual. Era un pequeño consuelo, pero tranquilizador: si la vida fue capaz de desarrollarse en esas condiciones, los océanos que hoy se calientan rápidamente no son una anomalía preocupante, sino que siguen una tendencia histórica.

Nuevas investigaciones sugieren que, en lugar de ser 15º C más cálidos, las temperaturas oceánicas en realidad han sido relativamente estables. Eso significa que el calentamiento actual de nuestros mares puede no tener precedentes, lo que a su vez significa que nuestra perspectiva ligeramente sombría sobre el destino del planeta puede haber sido en realidad una valoración de tipo “vaso medio lleno”.

Para entender cómo los investigadores llegaron a esta deprimente conclusión, es conveniente tener unas nociones acerca de cómo se evalúan las temperaturas de los mares en momentos en que no existían seres humanos ni mucho menos termómetros. Si bien las mediciones actuales utilizan una variedad de herramientas sofisticadas, los datos históricos se estiman en base al análisis de foraminíferos fósiles que se encuentran en los sedimentos de los fondos oceánicos. Los foraminíferos son utilizados como bioindicadores de temperatura, salinidad, oxigeno y turbidez; igualmente sus fósiles son importantes en interpretaciones paleoceanográficas y paleoclimáticas ya que los cambios en sus poblaciones indican modificaciones medioambientales.

Caparazones de foraminíferos actuales recogidos en una playa de Myanmar. Fuente.

Desde principios de la década de 1950, las composiciones de isótopos del oxígeno en foraminíferos fósiles han sido una herramienta importante en la investigación del paleoclima. Los estudios de campo y laboratorio habían demostrado que la relación de dos isótopos del oxígeno (18O / 16º) en la calcita del caparazón de los foraminíferos vivos es una función tanto de la temperatura como de la concentración de esos isótopos en el agua de mar, que varía con el volumen global de hielo, el pH y la salinidad. La interpretación más ampliamente aceptada del registro continuo de isótopos de foraminíferos bentónicos durante los últimos 115 millones de años era que las profundidades oceánicas del Cretácico eran muy cálidas y se enfriaron de manera continua unos 15° C durante el Cretácico superior y el Paleógeno.

Lo que sugiere un estudio publicado el pasado 26 de octubre en Nature, cuyo primer autor es Sylvain Bernard, del Centro Nacional Francés de Investigación Científica (CNRS), es que esos análisis se basaban en un supuesto erróneo: que el contenido de 18O permanece constante en los fósiles alojados en los sedimentos. Investigadores franceses y suizos hicieron sus experimentos haciendo crecer foraminíferos en un mar artificial con agua isotópicamente pesada (H218O) que, por tanto, contenía solo isótopos 18O. A continuación, aumentaron la temperatura para simular el calor que generan cuando se apilan debajo de los sedimentos y utilizaron la microscopía electrónica de barrido y un nanoespectrómetro de masa de iones secundarios para analizar los niveles de 18O en los caparazones calcáreos. Como pudieron comprobar, los niveles cambiaron sin dejar rastros visibles en los caparazones. En otras palabras, el supuesto de que estos organismos son termómetros fieles es completamente erróneo.

Fotografías realizadas con el microscopio electrónico de barrido de foraminíferos oligocénicos de St. Stephens, Georgia. Fuente.

Los números que se barajaban como ciertos hasta ahora indicaban una caída gradual en las temperaturas del mar durante los últimos 100 millones de años, pero en realidad no demuestran tal cosa. Simplemente muestran un cambio en los niveles de 18O en los caparazones de foraminíferos fosilizados, probablemente como parte del proceso de sedimentación donde, como consecuencia de los cambios de presión, las temperaturas aumentan entre 20 y 30° C, y el contenido en 18O de los caparazones se equilibra con el agua circundante. Esto, como puede imaginarse, tiene un gran impacto en las estimaciones históricas, especialmente en áreas de aguas más frías. Las simulaciones realizadas con ordenadores por los investigadores francosuizos indican que las estimaciones han sido sobrestimadas y que durante el Cretácico y el Paleógeno tanto las temperaturas del océano profundo y las superficiales en latitudes altas fueron significativamente menores de lo que generalmente se acepta.

Si el estudio está en lo cierto, desafía décadas de investigación paleoclimática, porque los océanos cubren el 70% de nuestro planeta y juegan un papel clave en el clima de la Tierra. Saber hasta qué punto han variado sus temperaturas durante el tiempo geológico es crucial si queremos obtener una comprensión más completa de cómo se comportan y predecir con mayor precisión las consecuencias del cambio climático actual.

La investigación sugiere que se ha cometido un error, pero no dice de qué calibre. Para revisar las paleotemperaturas oceánicas se necesita cuantificar cuidadosamente el reequilibrio detectado, que se ha pasado por alto durante demasiado tiempo, y para eso es necesario trabajar con otros tipos de organismos marinos para comprender claramente lo que ocurre en los sedimentos a escala de tiempo geológico. ©Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.

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Catedrático de Biología Vegetal e Investigador del Instituto Franklin de Estudios Norteamericanos de la Universidad de Alcalá. Licenciado en Ciencias Biológicas por la Universidad de Granada. Doctor en Ciencias Biológicas por la Universidad Complutense de Madrid. En la Universidad de Alcalá ha sido secretario general, secretario del Consejo Social, vicerrector de Investigación y director del Departamento de Biología Vegetal. Es también director de la Cátedra de Medio Ambiente de la Fundación General de la Universidad de Alcalá. Es especialista en el estudio de la vegetación del oeste de Norteamérica, donde ha llevado a cabo su investigación desde 1989, cuyos resultados han sido publicados en un centenar de artículos científicos. Entre sus libros se cuentan Vegetation of Southeastern Spain, El paisaje vegetal de Castilla-La Mancha, La vegetación de España, Life Lines, Perfora, chico, perfora, y El fracking ¡vaya timo!
Fue alcalde de Alcalá de Henares (1999-2003).

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