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Meteoritos y aviones comerciales: un encuentro indeseado

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Fotomontaje.
Fotomontaje.

Cada vez que voy a subirme a un avión me acuerdo de un amigo que sacó de mi cabeza un miedo que asalta a muchos que tienen que volar: ¿Qué probabilidad hay de que un asteroide o un simple meteorito choque con un avión comercial?

Diariamente entran en la atmósfera terrestre varios cientos de toneladas de materia, la mayoría de ellas en forma de meteoroides muy pequeños que avanzan a velocidad supersónica, pero que, debido a la fricción, alcanzan temperaturas de ebullición y se vaporizan antes de alcanzar el suelo como un polvo imperceptible. Sólo los más grandes conservan la velocidad suficiente para alcanzar la superficie y para dejar educadamente un cráter como tarjeta de visita. Se calcula que al menos mil millones de asteroides rondan por ahí, sin que los veamos, sin que inquietantemente sepamos nada de ellos, moviéndose erráticamente sobre nosotros como celestiales, incandescentes y pétreas espadas de Damocles.

Hace algunos años conocí a un cazador de asteroides, Tom Gehrels, profesor de la Universidad de Arizona en Tucson, un veterano cazador de asteroides que detectaba cada año casi 20.000 objetos (muchos de ellos, asteroides sin catalogar) usando el telescopio Spacewatch del observatorio de Kitt Peak. De él aprendí lo poco que sé sobre los asteroides, esos pedruscos que revolotean amenazadoramente sobre nuestras cabezas sin que seamos conscientes de ello. Cada vez que tomo un avión me acuerdo de Tom, quien sacó de mi cabeza un hado que asalta a muchos que tienen que volar: ¿qué probabilidad hay de que un asteroide o un simple meteorito choque con un avión comercial? Alguna, hay, pero muy baja. Veamos.

Mañana voy a viajar a Estados Unidos, así que calcularé la probabilidad de que un meteorito golpee mi avión mientras sobrevuelo el país. Para mi particular cuenta de la vieja, usaré como moneda el vehículo preferido de los americanos, el coche. En Estados Unidos, hay unos 100 millones de automóviles (vehículos hay más, pero quiero jugar a la baja). Cada automóvil tiene una superficie media de 10 metros cuadrados, lo que significa que, puestos uno junto a otro bien apretaditos, cubrirían una superficie equivalente a la octava parte de la Comunidad de Madrid, unos 1.000 kilómetros cuadrados.

En ningún sitio he encontrado cuál es la superficie de un avión comercial, así que la he calculado un poco a la cuenta de la vieja, pero siempre a favor de aumentar la superficie del aparato. Como referencia he tomado el “Superjumbo” de la imagen adjunta, el avión comercial más grande del mundo, mucho más grande que el Boeing 757 que, espero y deseo, me dejará en Washington el próximo de día 21. Suponiendo que el avión fuera un cuadrado perfecto, su superficie sería la resultante de multiplicar la longitud del fuselaje de morro a cola por la envergadura de las alas. En total, unos 6.000 metros cuadrados. Teniendo en cuenta que las alas son estrechas, y que los aviones gigantes como ese son la excepción y no la norma, debería dividir esa superficie por seis de donde resultaría que cada avión comercial ocuparía una superficie de mil metros cuadrados. Pero no quiero ser cicatero y haré mis cálculos al máximo: todos los aviones del mundo serán artefactos gigantescos (que por supuesto no lograrían levantar el vuelo) de 6.000 metros cuadrados cada uno (háganse una idea de lo exagerado de mi cálculo: más de medio campo de fútbol por avión).

Fuente.

¿Cuántos aviones comerciales hay en el mundo? Según los datos más actualizados disponibles, los del informe de Airbus Global Market Forecast for 2016-2035, en julio de 2016 la flota comercial mundial era de 19.583 aviones de más de cien pasajeros. Bien, paso por alto su tamaño y los uniformizo todos al máximo que he calculado para el “Superjumbo” de marras, a pesar de que solo hay 150 aeronaves de este modelo volando hoy por hoy. La superficie resultante son 117 kilómetros cuadrados, o sea, un factor al menos 100 veces inferior al de los vehículos terrestres. Solo se conocen tres casos de impactos de meteoritos contra coches en Estados Unidos durante el siglo XX, de modo que las probabilidades de que un meteorito golpee el avión en el que me desplazaré desde Madrid a Washington y desde allí a San Luis, son despreciables. Y observen que he dado por supuesto que todos los aviones del mundo están sobrevolando al mismo tiempo el espacio aéreo estadounidense.

En definitiva, una probabilidad tan ridícula como que me tocara el gordo de la lotería varias veces seguidas teniendo en cuenta que yo soy Carlos Fabra. Eso sí, en el caso de que algún avión sufriera un impacto, sería más probable que le ocurriera aparcado que en vuelo, porque los aviones pasan más tiempo en tierra que volando. © Manuel Peinado Lorca, 2017. @mpeinadolorca.

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Catedrático de Biología Vegetal e Investigador del Instituto Franklin de Estudios Norteamericanos de la Universidad de Alcalá. Licenciado en Ciencias Biológicas por la Universidad de Granada. Doctor en Ciencias Biológicas por la Universidad Complutense de Madrid. En la Universidad de Alcalá ha sido secretario general, secretario del Consejo Social, vicerrector de Investigación y director del Departamento de Biología Vegetal. Es también director de la Cátedra de Medio Ambiente de la Fundación General de la Universidad de Alcalá. Es especialista en el estudio de la vegetación del oeste de Norteamérica, donde ha llevado a cabo su investigación desde 1989, cuyos resultados han sido publicados en un centenar de artículos científicos. Entre sus libros se cuentan Vegetation of Southeastern Spain, El paisaje vegetal de Castilla-La Mancha, La vegetación de España, Life Lines, Perfora, chico, perfora, y El fracking ¡vaya timo!
Fue alcalde de Alcalá de Henares (1999-2003).

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