El faro de Pigeon Point, al sur de Pescadero. Foto.

Una tarde de un verano demasiado lejano para lo que conviene a mi memoria, mi colega Walter D.O., profesor en la universidad de Stanford, me invitó a una barbacoa en su casa de Pescadero, California. Pescadero es un pueblecito no muy lucido y algo decadente, pero es un buen sitio para vivir en paz siempre que a uno no le importe pasar los veranos más fríos y neblinosos de su vida. Está a tiro de piedra de la bahía de San Francisco, así que cito a Mark Twain: “El invierno más frío de mi vida lo pasé un verano en San Francisco”. Pues eso.

La vieja plataforma marina sobre la que se asienta Pescadero está enmarcada por tres de las más hermosas bahías de California: Monterey al sur; Half Moon Bay al norte, y la bahía de San Francisco al este. Está dentro del territorio de los bosques de uno de los árboles más altos del mundo, los redwoods. Aunque han sido talados a matarrasa desde mediados del XIX, los parques estatales y el disperso Redwood National Forest todavía conservan buenas manchas de bosque húmedo y sombrío, y, donde no hay bosque, prados de un verde furioso descienden por las colinas hasta alcanzar las marismas de la desembocadura del río Pescadero. Desde los acantilados de arena anclados por las raíces de los últimos ejemplares nativos de cipreses californianos, se avistan surfistas, nutrias, leones marinos, delfines y, de vez en cuando, ballenas grises que migran hacia Alaska entre las selvas de sargazos que crecen en las gélidas aguas del Pacífico.

Interior de un bosque de Sequoia sempervirens. Redwood National Forest,

En su juventud, Walter fue medio hippie en San Francisco; ahora es un yuppie de tomo y lomo que adora los güisquis escoceses, los vinos españoles, los quesos franceses, los alimentos ecológicos y la comida orgánica. Firme defensor de la hipótesis Gaia y seguidor acérrimo de las charlas de Al Gore, Walter está muy preocupado por la salud del planeta, por el cambio climático, por el consumo energético, el derroche de agua, los coches diésel y todas esas cosas. En su garaje, reposa un Tesla eléctrico de cincuenta mil dólares.

Mientras bebemos una copa de Pesquera, Walter prepara la barbacoa. Unos enormes chuletones de carne roja comienzan a chisporrotear en la parrilla. Por jorobar un poco, le digo que el ganado bovino es uno de los mayores emisores de metano, un gas de efecto invernadero veinticinco veces más dañino que el dióxido de carbono. La añado que el 80% de los antibióticos consumidos en Estados Unidos se destinan al ganado y que una superficie del país equivalente en tamaño a cuatro veces España se destina al cultivo de alimentos para el ganado, robando una tierra fértil que podría destinarse a la alimentación humana.  Le añado un poco de discurso animalista: ¿qué tiene que decir de las vacas encerradas en cercados o hacinadas en establos y cebadas con hormonas y transgénicos?

La familia Markegard posa en su finca ganadera. Al fondo Half Moon Bay.

Sonríe (supongo que por no atizarme con un morillo). No, claro que no ocurre tal cosa con las vacas cuyas partes más jugosas nos vamos a zampar. ¡Es carne orgánica!, dice. De que es orgánica no me cabe la menor duda: indudablemente, esos chuletones formaron parte de algún órgano de una hermosa ternera. ¡Es carne ecológica!, insiste. La carne se la sirven directamente desde un rancho cercano, Markegard Family Grass-Fed, en el que las vacas campan (y pastan) por sus respetos en los verdes prados que rodean Half Moon Bay.

Entre efluvios cárnicos que hacían perder el sentido, nos sentamos dar cuenta del aromático banquete. La carne estaba deliciosa y el Pesquera ni te cuento. Le pido que me cuente algo más de esos privilegiados rumiantes ecológicos. Pone cara de misterio, se levanta y hace sonar un CD con música de Neil Young. Suena Broken Arrow.

Resulta que esa canción dio nombre al rancho de aquí al lado, en La Honda, que Neil Young compró en 1970 y que ha conservado hasta hace un par de años cuando su divorcio lo puso en manos de su exesposa. Es lo que trae liarse con la hermosa Daryl Hannah. Mañana, dice, daremos un paseo en bicicleta hasta allí (el resultado de la expedición ciclista y de mi encuentro casual con Daryl y Neil lo contaré otro día). El caso es que el capataz del rancho era un inmigrante noruego, un tal Markegard, cuyo hijo Erik, nacido en Broken Arrow, es ahora propietario de un rancho vecino (de Young, no mío) en el que, junto a su radiante esposa Doniga, cría ganado vacuno de la mejor calidad: Belted Galloway y Black Angus, dos “Cinco Jotas” bovinos.

Las “felices” vacas de Half Moon Bay.

Las 250 vacas, novillos, terneros y añojos de la familia Markegard viven vidas de libertad total, comen pastos libres de fertilizantes químicos, pesticidas y transgénicos, beben aguas cristalinas y no son tratados ni con antibióticos ni con hormonas de engorde. Los terneros se alimentan con la leche materna. Vacas felices, saludables y en plena forma que disponen de 1.800 hectáreas para sus correrías. Una Arcadia feliz. Únicamente son estabuladas cuando les llega su hora. Ignoro si las sacrifican a base de arrumacos y besos. En cualquier caso, con mimos o sin mimos, el rancho produce cada año 36.000 kilos de carne roja, sana y nutritiva. Los veterinarios del Departamento de Agricultura certifican el marchamo de máxima calidad y garantizan su cría ecológica. ¡Carne ecológica! ¡Chuletones sostenibles!, exclamaba Walter mientras levantaba la copa.

Mientras hablaba, parecía que tenía razón, así que tranquilicé lo poco que de vegano tiene mi ánimo y me zampé el chuletón acompañado de algunas (quizás demasiadas) copas del buen Ribera). Al día siguiente, sentado tranquilamente en el porche bebiendo ese aguachirle al que los americanos llaman café negro, eché mis cuentas convenientemente asesorado por el doctor Google.

Los estadounidenses son los mayores devoradores de carne del planeta. Por término medio, cada americano consume 97 kilos de carne roja al año. La carne que producen cada año los Markegard serviría para satisfacer el consumo anual de 371 carnívoros norteamericanos.

Las 36 toneladas de carne roja de los Markegard se producen en 1.800 hectáreas de buenos pastos. Si esa superficie sirve para el consumo de 371 bípedos carnívoros, el consumo de los 326 millones de estadounidenses requiere una superficie de 326.000.000 X 1.800/371. Les ahorro el cálculo y pongo el resultado en kilómetros cuadrados para quitar ceros: 15,8 millones. Es decir, si tenemos en cuenta que los 48 estados contiguos de Estados Unidos suman 7,7 millones de km2, habría que sumar la superficie equivalente de Alaska (1,7 millones), México (1,9) y, por no marear más, la de toda la Unión Europea (4,4), para que los rumiantes corrieran a sus anchas y Trump y sus paisanos gozaran del privilegio gastronómico de mi querido amigo Walter.

¡Vacas sostenibles! ¡Terneras ecológicas! ¡Testa de Apicius! ¡Qué cosas se traga uno cuando le acompaña un buen Ribera! © Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.

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