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¿Y si todos los estadounidenses se hicieran veganos?

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Piezas de vacuno para una barbacoa en Austin (Texas). Fuente.
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En cuestiones de carne, nada como Estados Unidos. Allí los platos de carne no engañan, son contundentes. Lo más sofisticado que tienen son las hamburguesas. Quizás por problemas de mala conciencia, me ocurre lo que al escritor Manuel Vilas (América, pag. 163. Círculo de Tiza, 2017): no maldigo en absoluto a las hamburguesas porque en ellas la forma corporal del animal ha sido eliminada. Una hamburguesa no es una costilla, un entrecot o un filete porque no conserva el recuerdo anatómico del cuerpo del que procede.

Ahora bien, enmascarar la realidad anatómica es poco sostenible. Producir cuatro unidades de ese alimento básico de la dieta de los estadounidenses requiere 25 kilos de forraje para animales, 25 metros cuadrados de tierra y aproximadamente 220 litros de agua. Y, además, contamina la atmósfera aportando gases de efecto invernadero (GEI). Conseguir un kilo de proteínas comiendo carne de vacuno libera casi el doble de gases de efecto invernadero que al recurrir a pequeños rumiantes como ovejas o cabras, según la Agencia de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO 2013). Y el triple que llevar al mercado un kilo de proteínas en forma de leche de vaca o carne de pollo o cerdo.

La concentración de uno de los GEI, el metano, cuyo potencial de calentamiento es superior al del C02, procede en gran medida de actividades ganaderas. El dato, desde luego, es llamativo: el 14,5% de los GEI emitidos por la acción humana vienen del sector de la ganadería, según datos de la propia FAO. Es decir, la digestión de las vacas y otros animales en forma de ventosidades y excrementos, junto con el uso de la tierra que requiere su crianza y alimentación, liberan más GEI que todo el sector mundial de transportes.

El aporte estimado se cifra en la emisión anual de 115 millones de toneladas de metano, y de ahí que algunos científicos y no pocos activistas medioambientales están convencidos de que comer menos carne podría tener un gran impacto en la reducción del calentamiento global. Un estudio de la Universidad de Oxford publicado el año pasado señalaba que si todo el mundo se volviera vegetariano las emisiones de la industria alimentaria en general se reducirían casi dos tercios. Más recientemente, en 2015, el Dietary Guidelines Advisory Committee, una comisión asesora de los departamentos de Sanidad y Agricultura, publicó un informe en el que afirmaba que las dietas basadas en vegetales mejorarían la salud y la sostenibilidad a largo plazo del suministro de alimentos de Estados Unidos.

En esos informes está implícita la idea de que la modificación o eliminación de las actividades ganaderas ofrecería beneficios a la sociedad con efectos perjudiciales mínimos y aceptables. A raíz de datos como estos, organizaciones que defienden dietas vegetarianas, como ProVeg, pretenden incluir el cambio de los patrones alimentarios entre las prioridades de la batalla climática. Han llevado su petición, cuyo objetivo a largo plazo es reducir el consumo de productos de origen animal en un 50% para 2040, a la Cumbre del Clima (COP23) que se clausura mañana en Bonn.

Pero comprobar los resultados de los beneficios y los efectos perjudiciales de la eliminación del ganado se complica por el número, la precisión y la complejidad de los escenarios que deben proyectarse para representar los cambios en los sistemas de producción de alimentos. El escenario que requiere la menor cantidad de supuestos es la eliminación de la ganadería, y eso es precisamente lo que han hecho unas investigadoras estadounidenses.

Actualmente, los alimentos derivados de animales proporcionan energía (24%), proteínas (48%), ácidos grasos esenciales (23-100%) y aminoácidos esenciales (34-67%) de los totales utilizados en el consumo humano de los estadounidenses. La industria ganadera del país sostiene 1,6 millones de empleos y representa casi 32.000 millones de dólares en exportaciones. La ganadería recicla más de 43 millones de toneladas de subproductos procedentes del procesamiento de alimentos humanos, convirtiéndolos en alimentos comestibles para nosotros, para mascotas, en productos industriales y en 4 millones de toneladas de fertilizante nitrogenados.

Piezas de vacuno para una barbacoa en Austin (Texas). Fuente.

¿Qué pasaría si cada estadounidense adoptara una dieta exclusiva de plantas? Pues según un reciente estudio publicado en la revista PNAS, órgano de difusión de la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos, los efectos en términos de reducción de GEI serían menos de los esperados. En la más que improbable tesitura de que los estadounidenses abominaran de hamburguesas, costillas, filetes y chuletones, una nación de 320 millones de veganos reduciría las emisiones de gases de efecto invernadero procedentes de la agricultura en un 28%, mucho menos que la cantidad que ahora produce la actividad ganadera. Los autores afirman que el cambio también podría conducir a deficiencias en los nutrientes clave, incluido el calcio y varias vitaminas.

Robin White, autora principal del estudio e investigadora de ciencias animales en el Instituto Politécnico de Virginia, y su colega Mary Beth Hall, del Departamento de Agricultura, comenzaron sus investigaciones estimando el impacto de convertir toda la tierra ahora utilizada por la industria ganadera en tierras de cultivo para alimentación humana. Eso aumentaría la cantidad de residuos agrícolas (tallos de maíz, desperdicios de patatas y otros bioproductos de desecho que ahora se utilizan como forraje para ganado). De acuerdo con sus cálculos, quemar el exceso de desechos agrícolas sumaría unos dos millones de toneladas de carbono a la atmósfera. Las demandas de fertilizantes para tanto cultivo también aumentarían, mientras que el suministro de estiércol disminuiría. Eso significaría tener que fabricar más fertilizantes, lo que agregaría otros 23 millones de toneladas de emisiones de carbono al año.

Resumiendo, aunque los animales ahora representan alrededor del 49% de las emisiones agropecuarias en los Estados Unidos, una nación vegetariana, que no se sabe si viviría más, pero a la que con toda seguridad la vida se le haría más larga, eliminaría mucho menos: las emisiones anuales caerían de los 623 millones de toneladas actuales a 446 millones, siempre según el estudio.

Al analizar el contenido nutritivo de los cultivos actuales, el equipo también descubrió que una dieta exclusivamente vegetal no podría cumplir con los requerimientos nutricionales de la población en lo que se refiere al contenido en calcio, vitaminas A y B12, y algunos ácidos grasos clave. Admiten que, con recetas cuidadosamente equilibradas, una dieta exclusivamente vegetal podría cumplir todos los requerimientos nutricionales, pero también subrayan que los tipos de frutas, legumbres y hortalizas que podían lograrlo no se producen hoy por hoy en cantidades suficientes para que hubiera una dieta sostenible para toda la población.

Lo que parece no tener en cuenta el estudio es que Estados Unidos no es una “isla” autosuficiente y de ahí que los cálculos en las reducciones de las emisiones de metano resultan inferiores a las reales si se tuvieran en cuenta cómo las dietas libres de animales afectarían las importaciones, que constituyen una gran parte del mercado de carne norteamericano. Si los estadounidenses dejaran de importar carne, podría llevar a una reducción en las emisiones de gases de efecto invernadero en los países que la producen, como Brasil.

Pero como indican las investigadoras, el suyo es un análisis inicial que abre un largo camino que está todavía por recorrer. ©Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.

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